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Amar la Verdad

La Biblia no filosofa sobre la verdad. Tampoco usa este término en función dialéctica para definir la ausencia de prueba contraria. “Verdad” en la Biblia no es algo abstracto, sino algo que puede ser recibido, revelado, vivido, practicado. La verdad es el AMEN; lo que subsiste, lo que vale, lo real, lo digno de confianza, lo que nunca engaña. La verdad excluye todo lo falso y parcial.

El amor a la verdad

El criterio crucial es si amamos la verdad. No es suficiente conocerla, sino debemos amarla. Dos encuentros con Jesús nos ilustran la diferencia: Una mujer extranjera, sirofenicia, un día pidió a Jesús que librara a su hija de un espíritu maligno (Mr. 7:24-30). En el primer momento Jesús rehusó. Y la mujer aceptó el rechazo ya que era la decisión del Señor. Ella le contestó “¡Sí, Señor!” Quizá ya había comprendido que una decisión divina, aunque negativa, contiene más bendiciones que las lisonjas de los curanderos. Ella prefería ser castigada por Dios que estar de fiesta con el demonio y sus asistentes. Presentía que viviendo en la “verdad divina”, siempre sobraría alguna migaja de bendición. Y ella no fue defraudada: “Cuando la mujer llegó a su casa, halló a la hija acostada en la cama, y que el demonio había salido de ella”. 

El otro ejemplo es el joven rico (Mt. 19:16-22) que conocía muy bien la “verdad de Dios”, ya que era un hebreo instruido. Pero no amó la respuesta de Jesús; la rechazó. La consecuencia era que él “se fue triste”. 

Para poder amar más la verdad divina debemos conocer mejor a Dios, a Jesucristo, al Espíritu Santo y la declaración de amor – el evangelio – que Dios ofrece al hombre. 

La verdad de Dios

Dios lo creó todo de la nada. Él también es el que sostiene todo. Él es incondicionalmente fiel y cumplidor. No hay discrepancia entre su ser y su actuar. Rige absoluta concordancia entre sus palabras y sus hechos. Sus promesas y sus amenazas se cumplen incondicionalmente. 

El creyente puede contar con la absoluta fidelidad de Dios. En la lealtad de Dios y su benevolencia radica la salvación del hombre. Cualquiera que confíe en la veracidad de Dios, hará grande la experiencia de su bondad. 

La aparición de la verdad por Jesucristo

En Jesucristo, la completa verdad de Dios – que comprende su fidelidad, bondad y justicia – corporalmente llegó a nosotros. Jesucristo, muriendo en la cruz ocupó nuestro lugar, sufrió el castigo que nosotros hubiéramos merecido por nuestra incredulidad o rebelión contra Dios. Por su persona, su palabra y sus hechos, Jesús efectuó la perfecta reconciliación del hombre –del que cree– con Dios. Opuestamente, existe también el reino demoniaco de las tinieblas y de la mentira. El enemigo trata de retener al hombre para que no vaya a Dios. Pero él será condenado por Dios y castigado eternamente. 

El Espíritu de Dios es el espíritu de la verdad

Nuestro Señor Jesucristo, después de haber ascendido al cielo y siendo glorificado, sigue cumpliendo su obra en esta tierra por medio del Espíritu Santo. Él es llamado también “Espíritu de verdad” y conduce al creyente “a toda la verdad” (Jn 16:13). Por medio de él también tenemos las epístolas apostólicas y toda la Biblia. Y ahora, sólo el Espíritu de Dios nos hace capaces de creer, de conocer a Dios y a Jesucristo y de tener parte en la salvación. El Espíritu constantemente intercede por nosotros ante Dios “con gemidos indecibles” (Ro 8:26). 

El evangelio es la palabra de la verdad

El resumen de lo que Dios da a la humanidad, con frecuencia es definido como “las buenas nuevas”, “el evangelio”, “la verdad” o “la palabra de la verdad”. Esta verdad debe ser obedecida y creída; debe realizarse en la vida práctica. La verdad, pues, no es sólo una idea o algo abstracto, sino debe llegar a ser realidad vivida. 

Lo opuesto es la mentira e injusticia. Es la enemistad contra Dios. Los que la aman serán condenados juntamente con Satanás el opositor, y serán “lanzados al lago de fuego y azufre y serán atormentados por los siglos de los siglos” (Ap 20:10). 

Cualquiera que empiece a entender el evangelio, se dará cuenta que espontáneamente no está por el lado de la verdad, sino por la parte de la mentira, de la injusticia y del pecado. El evangelio invita a cambiar y optar por amar la verdad. “¡Arrepentíos y creed!” dice el evangelio. 

¿Negarse a amar la verdad?– Sería trágico

La Biblia dice que antes del regreso de Jesucristo, aquí en la tierra serán tiempos difíciles. La maldad no tendrá sólo niveles humanos sino también diabólicos: “El malvado vendrá, por obra de Satanás, con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos. Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado  a amar la verdad y así ser salvos. Por eso Dios permite que, por el poder del engaño, crean en la mentira.” (2 Ts 2, 9-11). 

Concluimos, pues, que es importante que en este tiempo favorable aprendamos a amar la verdad. No nos engañemos, si ahora nos complacemos de la mentira – buscando la propia ventaja, rechazando la corrección, viviendo el instinto pecador –cuando pues aparezca ese “malvado”, no habrá manera de no ser seducido. Dios mismo hará que los que le niegan el amor, serán seducidos y creerán en la mentira. 

Por esto, amemos la verdad y ocupémonos ahora de los temas principales: la verdad de Dios, de Jesucristo, del Espíritu Santo y del evangelio.

—Por Juan Kunz

Tomado de "Mensaje de Paz" Nº 374 abril 2012