"Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía" Salmos 42:1

 
 

 



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LAS ESTACIONES
DEL ALMA

La primavera había ya pasado hace meses. Su color, su dulzura, su aroma, ya estaban en el recuerdo. ¡Ay, la hermosura de aquellas flores, el trino de aquellos pájaros, la luz del sol radiante, suavemente bañando el cielo azul.

El verano con su color embravecido. Sus vivas mañanas y sus atardeceres soñolientos, con el viento del anochecer fresco y sereno. Las noches estrelladas y luminosas como si el firmamento se vistiese de gala, bañado en perlas preciosas.

El otoño con sus primeras lluvias, el silencio del anochecer presuroso, el tímido frío que asomaba su cara enrojecida, su paso lento y melancólico, su profundo suspiro.

El invierno cubriendo el horizonte, el frío erguido como guerrero ante la batalla todo cubierto de su armadura, ya no oyéndose el canto de los pájaros, ni oliéndose el frescor de los campos, desapareciendo el color jubiloso de las flores. Todo buscando un refugio ante el tiempo inhóspito y ensombrecido.

Ya la primavera, el verano, el otoño y el invierno habían pasado y volvía otra vez a comenzar el círculo de las estaciones. Las estaciones son tan sólo algo más, una gota más que revela la magnificencia de Dios. La maravilla, el orden, la sabiduría, el poder que revelan se puede ver en ellas, proclamando la gloria de su Creador.

En las estaciones se puede ver y palpar ese misterio que es el tiempo. Apreciar como algo va y viene como empujado por algo más allá de nuestro propio alcance; por una ley que no se puede capturar, ni reproducir, ni comprender. Está ahí y ahí va, sin que podamos detenerla a pesar de tantos adelantos científicos y de numerosos conocimientos amontonados en las enciclopedias de la humanidad.

En ellas se ve el nacer y el morir, y en el morir renacerá la vida. Porque si no cayese la semilla a tierra, no volvería otra vez el fruto. Allí en lo secreto, en el reposo aparente, un alboroto silencioso se va desarrollando hasta el tiempo señalado donde se le es permitido mostrar a la luz del día su trabajo, su hermoso y engalanado vestido que ha ido bordando en las habitaciones de la tierra, guiadas por los hilos que bordan el cuadro de la creación: Las leyes puestas por Dios.

Acompañadas por el calor o el frío, el viento o la lluvia, que anuncian que el círculo de las estaciones sigue hasta que la voz de Dios lo detenga.

Así, como la naturaleza, el alma cuando la observamos y miramos hacia dentro en la soledad y en el silencio podemos apreciar que también podemos decir que tiene sus estaciones, estaciones espirituales que van surgiendo a través de la vida terrena, camino hacía la morada eterna. Y digo del alma que vive, es decir, de aquellas que han conocido a Dios, al Dios verdadero mediante el Hijo, pues la que no, ya estando muerta en sus delitos y pecados, ¿qué podemos esperar?.

Las estaciones de la naturaleza revelan una fluidez de vida constante en el exterior cuando se manifiesta su fruto y en su interior cuando se prepara para ese fruto, y ese fruto es para vida y hermosura. Por eso, las estaciones del alma sólo pueden ser en aquella en la que fluye vida y sólo por Cristo, y sólo él puede dar esa vida que mana para hermosura y de provecho ajeno. El alma sin Cristo está muerta en sus delitos y pecados, cuyos frutos es para ruina, destrucción y agonía.

El primer amor: Ese sería el título de la Primavera del alma. Aquel gozo experimentado en los primeros momentos de la salvación donde la copa parece rebosar y salpicar en derredor de nuestro ser. Donde la Palabra de Dios, nueva al corazón, se va descubriendo día a día, hora a hora los tesoros y maravillas que en ella hay. Y bebe sedienta, y se recrea inmersa en la luz de la verdad. No ve más que al Amado. Todo parece siempre mejor, y las metas e ilusiones se van bordando en la quietud, en lo secreto un alboroto jubiloso se desarrolla: La semilla de la Palabra puesta en acción espera manifestar frutos para la eternidad.

El Verano es la madurez de ese primer amor. Ahora ya no es un amor idealizado en castillos, metidos en el caparazón de nuestra intimidad, de ilusiones y metas abstractas. Ahora se convierte en algo palpable, algo que se comunica y se ve, algo que se muestra en hechos. El ánimo y el fervor se abrazan encendidos sintiéndonos como un David, que ante Goliat, exclama: "Tú vienes a mi con espada, y lanza, y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová...". Se trabaja en la viña del Señor con gozo, con enorme satisfacción por haber dado al Señor la honra por medio de lo que se ha hecho. Pero aún más, al hacer y al caminar en el camino de la santidad, al ascender a cumbres y bajar a valles en la batalla contra la maldad envueltos en la armadura del soldado de fe, lo más hermoso es palpar la presencia de Dios y su paz. Es verle a El obrar, y obrar con poder. Dejando en cada paso su voz diciendo al mar: ¡calmaos!, y al viento: ¡callad!. Abriendo con sus misericordias los obstáculos más altos y poniendo por su gracia puentes en los abismos más profundos. Y qué gozo, ¡qué gozo rebosa el alma!.

Pero el Otoño también llega, y aquella vitalidad luchadora da paso al tiempo meditabundo y quieto. La mirada se alza al vasto firmamento, pensativo el corazón recorre el silencio trayendo sobre sí pensamiento tras pensamiento. El desánimo empieza a aflorar, reproches que al mirarse en el espejo se ven tras los ojos inquietos: Algunas metas sin conseguir, logros que parecen pocos, el fruto que no se recogió, oportunidades perdidas, alguna desobediencia que nos pesa, el sentirse inútiles, que necesitamos a Dios más de lo que habíamos tenido en cuenta. Fracasos colgados tras el velo del secreto, reconociendo que nos hemos apoyado en nuestro brazo, y que el adversario ha ido minando la retaguardia y la tristeza cabalga atropellando cada acción que emprendemos. Y el vigía grita: "No os entristezcáis porque el gozo del Señor es vuestra fuerza". Y mirándola vemos que la hemos perdido.

Y el Invierno... ¡Ay, el Invierno del alma!. Se amontonan miles de pensamientos, dudas y recuerdos. El abatimiento cae como la nieve en una avalancha. Lágrimas recorren ocultas nuestro ser en medio del día a día de este mundo donde peregrinando pesa enormemente cada movimiento, cada paso. El Enemigo que acecha con más ardor, cuántas dagas enviará a nuestro herido ánimo, a nuestra flaca confianza, a nuestra fe temblorosa, cayendo al regazo del corazón la derrota. Y aún seguir luchando para no ser arrastrados a la amargura y a la insensatez. Y aún seguir luchando en medio de la tormenta que ruge sin tener en cuenta que ya estamos sin deseo, sin aliento, sin valentía. Y aún seguir luchando para que el mundo no nos trague y nos devore con su boca llena de iniquidad y deleites de las tinieblas. Y aún seguir luchando en medio del sentir que todo sale mal, que Dios está lejos y que nos persigue la sombra amenazante de la angustia y del miedo. ¡Ay, el Invierno del alma!, con que ansia debemos coger a Dios y abrazarnos sin descanso, sin desvelo, sin tregua, pues el que sucumbe a esta lucha será para él una esclavitud, una cárcel donde las cadenas darán más insatisfacción, más agonía. Un Invierno que no terminará hasta que emprendamos otra vez la lucha donde la hemos dejado, ahora más cruel y dolorosa.

En el libro de Eclesiastés leemos: "Todo tiene su tiempo y todo...tiene su hora". En el ciclo de las estaciones todo tiene su tiempo y lugar. En las estaciones del alma también cada cosa tiene su hora. "Tiempo de llorar y tiempo de reír....tiempo de guerra y tiempo de paz". Pero al contrario que las estaciones de la naturaleza que van regidas por leyes impuestas, las estaciones del alma vendrán, pero de nosotros, de nuestra humildad, de nuestro negarnos a nosotros mismos, de nuestra entrega a Dios dependerá cual será la estación que predomine en nuestra vida. Si la Primavera o el Verano serán duraderos, o si el Otoño e Invierno serán interminables.

Dependerá de nuestra respuesta ante la estación donde nos encontremos, porque la lucha y el dolor son lo que el Divino Alfarero usa para limpiar y pulir nuestro corazón, si a El nos acogemos con mansedumbre.

El primer amor puede ser el tema de cualquier estación, cualquiera que esta sea, porque en la Roca de la Eternidad tendremos refugio donde recurrir continuamente. Que allí donde estemos Primavera, Verano, Otoño o Invierno nunca jamás olvidemos que somos sellados por su Espíritu, y sea la celestial promesa canto en cualquier día: "Sois míos y ya comprados".

—Isabel Martínez